Ponyo en el Acantilado

La sirena nipona



El maestro de animación, Hayao Miyazaki, coloca una vez más una obra maestra en su filmoteca. Esta película es un tributo a la relación entre el mundo terrestre y el marino. Si Walt Disney fuera japonés se llamaría Miyazaki, y la Sirenita sería Ponyo.



Una película de Miyazaki es como sumergirte en un mar de calma, ternura, inocencia, sueños y simpatía. Con Ponyo la experiencia no es menos pacífica, relajante y entretenida.



Sasuke es un niño que encuentra a Ponyo en un frasco de cristal. El niño y el pequeño pez comparten una amistad que va creciendo por momentos, como el cuerpo de Ponyo según se va convirtiendo en humana. La historia demuestra de manera fantástica como estos dos infantes pueden aguantar la respiración el mayor tiempo que haga falta, lanzarse a la aventura o vivir situaciones apasionantes con tal de permanecer juntos.



Es un gusto ver, oír y a veces casi sentir tanto con una película que no recurre al 3D para acercarse a la realidad e impresionar al mismo tiempo. Los sonidos, las texturas, los efectos que producen las leyes físicas cuando algo se cae, se mueve o choca con otro objeto, se reparten por los 100 minutos de maravillosos fotogramas.



Cuando se dice “una película para toda la familia”, se suelen referir a películas infantiles que los padres pueden aguantar. Ponyo, al contrario, aunque no sea una de las películas más reflexivas de Miyazaki, sí que interesará a aquellos padres que disfrutan de una película con una historia de moraleja universal y contada de una manera tan adorable que hará eco hasta en la parte más profunda del niño que llevan dentro.